Magia

Germán conoció a Noelia hace unos meses y junto a él me puse a ponerle letras a sus recuerdos:

En esta vida te conocí un 11 de Septiembre de 2017 a las tres menos cuarto de la tarde.

Entraste por la puerta de una oficina vacía y yo salía de la pecera del jefe. Al verte afuera tan desconocida, le tuve que pedir a él que me presente. Literalmente le dije: —¿No me la presentás, que no sé quién es?—

Se me desvaneció al toque una sensación de haber estado esperando algo durante mucho tiempo. Se sintió como si se abriera la puerta del ascensor trancado conmigo adentro.

Fue un instante, sentí como si me estuvieras cinchando con una cadena invisible desde cuatro dedos arriba mi ombligo. Nunca había visto el aura de nadie hasta ese día, pero tu energía me estaba llevando hacia vos como si fueran las alas de una mariposa. Y mi energía se cagaba de risa de mi.

Yo acababa de llegar de viaje. Mi sonrisa estaba limpia. Mi percepción impecable. Y yo bastante sano todavía.

Había soñado con vos apenas cuatro días antes, la última noche que pasé en el Salar de Uyuni. Del sueño, sobre todo recuerdo tu mirada, una mirada gitana, me atrevería a decir que una mirada andaluza. Me pregunté qué hacía alguien con sangre Celta soñando con una gitana en el medio de Bolivia.

Tiempo después, en enero, exagerando la quemadura de sol que tenía en la espalda, pegué un grito cuando alguien me saludó al tocarme el hombro, me recomendaste una crema que tenía nombre de banana o algo así. Ni diez minutos después me mandaste una imagen por el chat de instagram. Era Banana Boat.

Pensando solo con la mente y tratando de apagar mi corazón de niño, me aparté, huí de mi y de vos, estuve casi que sin querer molestarte durante cinco meses. Hasta que un día, distraído, fui a almorzar a la sombra del mismo árbol finito que había ido durante los siete años y medio que llevaba trabajando ahí. Pero ese día, estabas vos ahí y cuando me di cuenta, ya estaba almorzando contigo.

Y otra vez, esa sensación de que me imantabas. Como si tuvieras gravedad, me atraías con una fuerza implacable e irresistible. Estabas comiendo arroz con atún o pollo, no me acuerdo bien y había también alguna verdura rayada. A vos se te había quemado el arroz. Y no recuerdo cuándo había sido la última vez que me habían hecho reír tanto. O que me habían dejado tan sin habla. Como por arte de magia, ahora en esta vida, a partir de ese momento yo ya no pude escapar de mi.

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