El Niño Viejito.

No importa cuántas veces dijera en voz alta que está peleado con el Universo, como hacía su madre cuando decía palabrotas de chico, el Universo siempre le da un moquete en la trompa. Así fue que aprendió que no debía decir más malas palabras si estaba delante de mamá. Pero del Universo no se puede esconder ni dentro de su cabeza. Entonces está obligado a desconstruirse, enfrentarse y reconstruirse, y así dejar de pensar que a veces es mejor asumir la cobardía de huir, a la responsabilidad de vivir.

Desde niño sabe que vino al mundo a cambiarlo, a dar esperanza. Pero nunca lo supo en la mente, es como si lo supiera en los huesos, como si lo sintiera. A veces lo sentía en las manos, otras veces lo sentía en la espalda, en los codos o en las rodillas, pero la mayoría del tiempo lo siente en la sonrisa, la propia y la ajena. Le contaron que nació riéndose a carcajadas limpias. Que lo distinguían del resto de los bebés muy fácil, porque era el que se estaba cagando de risa solo.

A los cuatro años, su madre y abuela lo llevaron al Parque Rodó. Allí estaba dando un espectáculo callejero una especie de payaso-mago de unos treinta años. En un momento llamó a tres niños para un concurso. Este concurso constaba de “hacer de viejito” para el público. Él fue uno de los tres niños elegidos, y el tercero en actuar.

Cuando fue su turno, cerró los ojos, imaginó un bastón en su mano derecha, puso su mano izquierda en la espalda e imitó al mejor viejito bailando con bastón que pudo, moviendo el cuerpo como si le doliera la espalda encorvada y dando pasos chiquititos. A medida que la gente iba largando las carcajadas él se iba riendo, soltando y arrugando la cara, siempre con los ojos cerrados para no perder la concentración y sobre todo divirtiéndose. Al final, por el aplausómetro del público, recibió el premio al “mejor viejito” de la tarde. El premio fue una nariz de payaso roja, la máscara minimalista que aprendió a usar durante toda su vida, incluso cuando no la tenía puesta, para mostrar y contagiar una sonrisa hasta en las peores situaciones, propias y ajenas.

Cuando tenía unos siete años sus padres lo dejaban solo y a veces demoraban en volver. Sufría la espera con ansiedad, dejando que su imaginación diera rienda suelta a los peores escenarios. Después de comprobar varias veces que nada les había pasado empezó a trancar esos pensamientos fatalistas. Los descuajeringaba, ahí con siete años entendió que el miedo son historias que nos contamos. Así eso de contarse historias se le volvió costumbre. No se dio cuenta es que estaba plantando una semilla para su futuro, de a poco como si de una técnica se tratase. Lo fue aplicando para casi todos sus miedos, parando pensamientos que no eran reales, apagando miedos y preocupaciones de esas que se generan solas y por las dudas.

En la adolescencia le llegó la frase “estén siempre alegres”. Sintió que nunca había estado tan de acuerdo con alguien que había vivido hacía doscientos años.

Se transformó en un optimista perdido lleno de confianza en el ahora, que aprende de todos los tropezones. Así fue que se dio cuenta lo que la alegría tenía en común con la esperanza, que son como enfermedades: hay que tenerlas para contagiarlas.

Con la alegría y la esperanza a cuestas, se pasó la vida buscando su propia fórmula para cambiar el mundo. Y más de veintinueve años de su nacimiento tuvieron que pasar para encontrarla. Esta receta tenía que tener sí o sí dos ingredientes: niños y magia.

Así fue que arrancó a actuar en plazas para chiquilines y sus familiares, o mejor dicho, arranqué. Haciendo concursos entre los niños del público: “el mejor viejito”, “el mejor baile” o “el mejor chiste”. El más aplaudido por el público se lleva una nariz roja de payaso.

Eso sí, a cada niño ganador mientras le doy el premio le cuento al oído bien bajito que en realidad yo soy él, que viajé al pasado a decirle que todo va a estar bien. Que no se preocupe por nada y que él cambiará el mundo con su alegría y esperanza. Como alguna vez me lo dijo mi yo del futuro, disfrazado de una especie de mago-payaso, en el Parque Rodó cuando tenía cuatro años.

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