Helado

Todo tiempo pasado fue anterior. Ni mejor, ni peor, ni qué ocho cuartos. Tenemos recuerdos lindos, malos, feos o indiferentes. Tendremos emociones y reviviremos momentos de alegría, tristeza, e incluso momentos que no sabemos ni pa qué mierda están en nuestra cabeza ahí indexados solo para recordarlos cada tanto. Nos acordamos de datos, fechas, colores, aromas y rugosidades.

Todo esto, nuestro cerebro lo está recordando en el presente. Un presente que está muriendo constantemente, transformándose en pasado automáticamente.

Por decirlo de una forma linda, literaria y media pelotudita, cada letra que estoy apretando en el teclado ya pertenece al pasado, porque el muy puto tiempo no se detiene como para poder escribir todo este texto completo de un saque.

A su vez, cuando nuestro cerebro no está rumiando, pensando en el pasado, está pensando en el futuro. En definitiva proyectando un futuro inventado por la mente, un futuro que claramente no existe en este momento.

Yo me lo imagino como dos manijas hacia un mismo engranaje, que normalmente sólo podemos girar una a la vez. Vamos proyectando y rumiando por la vida.

Cuando rumiamos con un pasado feliz, teñimos nuestro presente de felicidad, pero cuando rumiamos sobre nuestro pasado gris y oscuro nos teñimos de miedo… Cuando imaginamos el futuro precioso, teñimos nuestro presente de esto mismo, nos da ganas de vivir. Sin embargo cuando nos preocupamos por un futuro que creemos va a ir mal, sin tener siquiera la certeza, el miedo nos puede paralizar o cegar.

Dejamos que un pasado que ya no existe y que un futuro que tampoco existe nos afecte lo que sentimos en el presente, que es lo único que sí está existiendo. Nosotros, sin tener control sobre lo que pensamos, dejamos que lo que sentimos (que es real, aunque basado en algo que ya no existe o que todavía no existe) nos afecte en el presente.

Y ahí volvemos a las manijas, moviéndose al pasado y al futuro constantemente. ¿Pero qué pasa si dejamos de mover las manijas? Y más importante todavía, ¿qué poronga tiene que ver todo esto con el título?

Cuando estamos totalmente en el presente, simplemente sentimos, algo que no pasa seguido. Los japoneses le llaman Satori, “estado de conciencia plena” o algo así. Para mi es como tomar helado. Desde muy niño me gusta tanto el helado, que cuando cargo la cuchara ya estoy sintiendo las papilas gustativas al palo, es tanto lo que me gusta, que es casi un estado de trance, mi cerebro en ese momento no piensa, ni está rumiando ni proyectando, está saboreando el instante.

Ojalá todos encuentren su Helado. El mío es de frutilla con dulce de leche.

Viajar

Viajar es exprimir las horas del día, es gastar todos los músculos hasta que no den más.

Hace años que quiero escribir sobre esto, pero es difícil no sentir que estoy escribiendo algo que alguien ya escribió, algo que otro ya sintió. Ni que esto alguna vez haya logrado detenerme…

De niño con mis padres, de vacaciones, viajábamos en verano unos trescientos kilómetros a la playa. Mi viejo iba a pescar todos los días, sin falta. Yo lo acompañaba a veces a él y otras iba con mi vieja y mis hermanos a la playa. Estrujábamos los días hasta la última gota de arena y sol. A la noche, a pesar de estar todos ya sin fuerza, no sé como, pero nos fabricábamos un resto de energía para hacer algún espectáculo con disfraces improvisados hasta finalmente apagarnos para prendernos al otro día.

Cuando viajamos, es como si estuviéramos más conscientes. Prestamos atención más allá de nuestra capacidad, nos quedan grabados hasta los detalles más diminutos, y hay sensaciones y recuerdos que no se van a desprender nunca.

De muy joven, viajé por amor. Hice tres mil kilómetros en mi auto solo por querer ver a alguien que amaba durante dos días y medio. Hay una diferencia enorme entre viajar a lugares y viajar a personas. Cuando viajas a personas no te queda en la retina un paisaje hermoso, un edificio demencial o un picaporte curioso. Recordás todo lo que hiciste con la persona a la que viajaste. Sí, todo. Desde el primer abrazo, hasta sacarse una foto a los pies en la plaza de un pueblo que no recuerdo ni el nombre. Es como que los recuerdos se vuelven sentimientos con imágenes, que cuando te acordás sentís todo otra vez.

Viajando estoy un poco más loco de lo normal, todo lo que sea aventura me imanta, se prende un fuego adentro mío que cambia todas las desgracias por oportunidades. Es como que me vuelvo inconscientemente mucho más vivo.

Hace ya como tres años viajé solo por primera vez. Fui a Alemania. Me perdí en Frankfurt, en Heidelberg y en Köln. Pero cuando digo que me perdí no es metáfora. Me perdí de verdad, caminé, tomé trenes y subtes para donde no era. Sin mapa ni internet en el celular. Me obligué a preguntar, a meterme en la ciudad de la forma más real posible, viví lo que los caminos turísticos marcados en los mapas no te muestran y siempre con un dejo de nerviosismo en la nuca. Ese nerviosismo grabó los recuerdos del viaje de una forma mucho más nítida.

Recuerdo el sentimiento de nerviosismo cuando casi no llego a tomar el último tren en Heidelberg, o cuando subió un inspector a un subte en Köln y le tuve que letrear, explicando por qué no tenía ticket correcto, ya que había tomado el subte para el otro lado. Hacía esas cosas de forma consciente y siempre con el mismo pensamiento en la cabeza: “¿qué carajo estás haciendo Gastón?” y siempre con la misma respuesta: “Estoy fabricando tremenda anécdota”. Lo mismo me pasó al colarme en una fiesta privada con un polaco y dos holandeses en Sao Paulo y cuando tomé un avión a Los Ángeles en vez de a San Francisco desde el aeropuerto de Panamá.

Los viajes son como mini vidas que las parimos al partir y se mueren al volver. Y a veces, ya de nuevo en la rutina, incluso las dejamos en coma unos días antes de que mueran del todo.

Hace unos meses viajé con un amigo diecisiete días por Perú, Bolivia y Chile solo con una mochila al hombro. Fue uno de los mejores viajes de mi vida, conocí personas maravillosas y vi lugares impresionantes, todos los días tenían más horas de las que podíamos soportar, pero las soportamos. Al volver a casa, tuve como una inercia del viaje, durante un par de semanas, me sentía todavía continuara viajando. Los días duraban mucho y descubría detalles nuevos en lo que veinte días atrás había sido mi rutina. Era como si los problemas del pasado o del futuro no existieran, como si la mente se enfocara solo en el momento presente.

Cuando viajo no me sale no ser el yo real, es como que no tengo esa armadura que todos tenemos levantada normalmente. Porque claro, la vida del viaje es muy corta como para ser quien no soy. Así mismo viajar se siente como ser una persona totalmente diferente a la del día a día. Cuando viajamos, desgastamos nuestra vida al palo. Hacemos mil cosas que realmente queremos hacer por día, porque somos conscientes que el viaje se va a terminar y si el viaje que termina, esa vida que nació al partir muere.

Cuando parimos la vida que se va a ir de viaje, vivimos solo el presente y esperamos lo mejor del futuro sin siquiera pensar en él. Abrazamos nuestras locuras con valor, dejándonos ser nosotros mismos. Vivimos únicamente le momento, porque en el fondo sabemos que esa vida se va a morir cuando volvamos.

Viajando vivimos conscientes de que nos vamos a morir. Viajando tenemos mucho Carpe Diem en sangre.

Yo, viajando dejo que mi corazón sea el timón y mi mente apenas una herramienta. Viajando vivo el aquí y ahora. Viajando, estoy hecho de momentos entrelazados entre sí segundo tras segundo, haciendo que la vida sea más larga cada vez. Viajando no tengo que esperar al viernes para poder estar contento. Viajando soy feliz hasta tomando un café horrible cagándome de frío bajo lluvia, pero en la rutina puedo tomar el café más rico del mundo que no me va a dar felicidad, con suerte me va a despertar un poco.

Viajando, estar vivo es la recompensa. Dejamos de ser el burro detrás de la zanahoria.

¿No deberíamos vivir así todos los días entonces? ¿Y si empezamos a tomar el vivir como un viaje? ¿No estaría bueno estar más presentes? El viaje se nos puede terminar en cualquier momento. A nosotros o a nuestros compañeros de viaje. Y ahí sí que se nos va a cagar la fruta. Ahí sí que nos vamos a tener que meter el pasado, el futuro, la vergüenza, el orgullo y el ego bien de canto en el orto.

Políticamente hincha bolas.

La liviandad con la que se toma la palabra subjetividad hoy en día es despreciable y casi morbosa.

Si te pasas diciendo que el ser humano es una mierda, además de tener razón, te toman como un hijo de mil treinta y tres putas, pero si al final de la frase agregamos el sufijo “pero ojo, es subjetivo”, no solo que la mitad de los que te escuchan dejaron de entender lo que estabas diciendo, sino que pasaste de ser un vejiga a un intelectualoide.

La gente piensa: “lo enuncia subjetivamente, entonces no es tan así que lo dice, porque claro, es subjetivo… Cuánta razón tiene este señor”. Por cierto y abriendo un paréntesis en esta dictadura de palabras y razonamiento que vengo haciendo, ¿se dieron cuenta que todas las personas que te dicen “no es tan así” nunca terminan diciéndonos cómo realmente es?

La falta de objetividad a la hora de subjetivizar todo comentario, por miedo a quedar mal o a ser un sorete con crema es una falacia, lo cual a priori no tiene sentido y a posteriori tampoco, pero la palabra falacia me da gracia y además la explicación queda en versito. Esto está creando tanta falsedad en el día a día que ya nos impide ver a las personas a la cara para conversar y decirles lo que realmente pensamos, matizamos todo con tal de ser políticamente correctos para no herir susceptibilidades. Al final es como un eterno pedirse perdón a uno mismo por no decir lo que realmente pensamos. “¿Vos qué pensas del deterioro del cuerpo con el paso del tiempo?” – “Que es una mierda, pero ojo, es subjetivo, sobre gustos no hay nada escrito, hay gente que le gustan los viejos, es más yo tengo un amigo gay, negro y viejo”.

¡¡¡Mirá si no va a haber nada escrito sobre gustos!!! ¡Te comiste todos los tratados sobre estética papu, que te cagues en ellos no quiere decir que no existan!

Sin embargo, para hacer fuerza desde el otro lado de la balanza, hace unos añitos ya, nació el segundo mejor invento del mundo después de la sopapa, como no podría ser de otra manera, es una “ella”, es: “la internet”. En ella se compensa toda la subjetividad cotidiana que vivimos día a día, ahí todos somos objetivos, todos somos genios mejores que el resto, pues nuestra opinión es mejor porque es nuestra, pero lo mejor de todo es que, ahí, nadie nos conoce, ahí se libera la bestia, en cada comentario de una noticia de diario, revista o programa, el ser humano vomita toda la objetividad guardada, no importa lo que sea, mi opinión es mejor que la tuya y vos sos imbécil por no coincidir conmigo, ahí es donde mi falta de autocrítica me da vergüenza ajena, ahí es donde nos damos cuenta que todo lo que no es nuestra opinión es una estupidez, ahí es donde todas las personas que no son yo son una mierda, pero ojo, es subjetivo.

¿Por qué existe esto?

Escribo porque es gratis. Porque puedo. Porque estoy vivo. Porque no estoy muerto. Porque necesito un lugar donde ir a leer lo que pienso cuando ya dejé de pensarlo. Porque el Estado uruguayo invirtió en que exista la escuela pública en la que me enseñaron a escribir. Porque calma. Porque tengo cosas que contar. Porque me gusta. Porque no tengo algo mejor que hacer. Porque tengo teclado. Porque sé la diferencia entre vaca, baca y baka. Porque soy un imbécil. Porque me gusta escribir algunas palabras. Porque es un reto. Porque me gusta escribir como hablo. Porque me gusta leer lo que la gente escribe. Porque sana. Porque duele. Porque llueve. Porque está soleado. Porque es de noche. Porque es de día. Porque la Tierra es plana. Porque la Tierra es cónica. Porque el Sol se va a apagar. Porque tu viejo es zapatero. Porque compramos cargadores externos de celulares para cargar una batería más Pequeña que el cargador mismo. Porque me gusta ponerle tilde a las palabras esdrújulas. Porque márketing llevaría tilde. Porque Frodo perdió el dedo. Porque Kvothe sabe pronunciar el nombre del viento. Porque vuelvan los hijos a la Tierra. Porque existe la magia. Porque dejo mensajes ocultos en todo lo que escribo. Porque sabemos todo, pero no nos acordamos. Porque soy un triángulo que mira parriba. Porque el viento aviva el fuego. Porque estamos hechos de momentos. Porque estamos rellenos de sentimientos. Porque somos las desiciones que tomamos. Porque no mido las consecuencias de todos mis actos. Porque mido al detalle las consecuencias de mis actos. Porque tengo sueño. Porque no puedo dormir. Porque escucho música. Porque decimos que destruimos el planeta pero en realidad estamos destruyendo al ser humano. Porque soy positivo. Porque tengo suerte. Porque soy positivo porque tengo suerte. Porque me gusta el caos. Porque es una escalera. Porque el orden de los factores no altera el producto. Porque los aviones vuelan. Porque los submarinos nadan. Porque los submarinos y los aviones están hechos con los mismos materiales.

Vos. ¿Por qué lees esto? Dejalo en los comentarios.