Cortázar me está matando.

Era fin de semana largo y ella se había venido a quedar a casa. Fue de esos fines de semana que llueve muchísimo. El domingo ella se despertó temprano y como no se podía volver a dormir me dio un beso tirándose arriba mío para despertarme. Me miró y me dijo: —Cortázar me está matando.

Yo estaba medio dormido y no entendí nada, pero el “literario” de la pareja siempre había sido yo, así que fue como si me hubiera golpeado el cosito ese de la curiosidad. Me lo despertó antes de incluso despertarme del todo yo mismo.

—¿Me explicás eso de que Cortázar te está matando? — le pregunté mientras se acomodaba en mi hombro mirando al techo, como pensativa.

—Lo vas a tomar como una boludés, vos siempre tomás estas cosas como boludeces… Estoy leyendo Rayuela, y en una parte dice que Oliveira y la Maga leyeron en algún lado que los peces en una pecera, cuando están solos se sienten tristes, pero cuando les pones un espejo en la pecera dejan de estar tristes y están contentos.

Me reí tan fuerte que me dio una cachetada con cara de enojada y un poco de risueña.

—No te rías idiota. Es serio. Leerlo me hizo sentir miedo de que vos seas un reflejo de un espejo en mi pecera.

—¿Vos crees que un reflejo te puede abrazar así de fuerte? — Le pregunté mientras la apretujeaba con los brazos y le daba un beso.

—Supongo que no.— me dijo sonriente. —Es que con vos dejo de estar triste y es justo lo que le pasa al pez cuando ponen el espejo.

—No me gusta verte triste, ¿si hago el desayuno vas a dejar de estar triste por la boludés de que yo pueda llegar a ser un reflejo?

—Bueno. — me dijo poniendo cara de niña chica y acurrucándose en el acolchado.

Le di el último beso antes de levantarme y me senté en la cama para calzarme e ir a la cocina. Abrí la puerta del cuarto con mis santas pelotas y entró una corriente de aire que hace que la ventana del cuarto se golpee contra el ropero, donde estaba el espejo colgado. Por el golpe, el espejo se cayó y se hizo mierda contra el piso.

Yo todavía mirando la puerta con cara de culpa, y un poco para romperle los huevos a ella le dije: — Ves, el espejo se hizo mierda y yo sigo acá. — pero desde la cama, ahora vacía, nadie respondió.

Donde menos lo esperas…

Hoy vi un fiambre. Una lionesa para ser más preciso. Estaba caminando por el supermercado del barrio cuando la vi. Ella miraba para otro lado distraída pero yo podía verla claramente. De repente se cruzaron nuestras miradas y chan, tenía que comprar 100 gramos de esa fiambre.

Saqué número en la fiambrería y faltaban tan sólo siete números para que me atendieran. El fiambrero que atendió es la persona más lenta que he visto en toda mi puta vida. La ansiedad fue ganando terreno en mí, cuando la señora que tenía el siguiente número no dejaba de pedir tipos de fiambres diferentes. Mientras tanto, la lionesa y yo nos mirabamos a los ojos, no podíamos creer cómo el universo conspiraba para que demoremos tanto tiempo en juntarnos.

Mirándonos a los ojos nos juramos amor eterno y soñábamos con secuestrarnos y salir corriendo del supermercado sin pagar. Ir a vivir al extranjero donde nada ni nadie nos pudiera mantener alejados jamás. En eso la señora termina sus pedidos y ahora pasan a faltar tan solo 6 números. La lionesa y yo rezamos y le pedíamos al cosmos que el resto de los clientes pidan pocas cosas y que el fiambrero se apure en realizar los pedidos. Pero el universo estaba en otro lado esta tarde, simplemente no nos escuchaba.

El quinto cliente solo pidió 4 panchos sueltos, el tercero pidió 150 gramos de muzzarella, el segundo pidió 200 gramos de jamón y cuando solo quedaba una persona delante mío, la lionesa y yo nos imaginábamos ya besándonos como dos adolescentes en cumpleaños de quince, de esos que no sabes dónde empieza uno y termina el otro.

Finalmente el fiambrero dice en voz alta mi número, el 73, contento y enamorado le pido 100 gramos de lionesa. No podía esperar más, estaba ansioso y un poco nervioso. Cuando de repente la empieza a cortar en fetas. La estaba asesinando delante de mi vista y yo no podía hacer nada, por unos momentos había olvidado lo que le sucede a los fiambres, la había idealizado, había dejado que mis emociones nublaran mi juicio.

El fiambrero me la dio envuelta en nylon, ella estaba ya fría e inerte. Desde adentro de la vidriera, el resto de los fiambres me gritaban “asesino”, “si la amabas, por qué la mataste?”. Envuelto en la culpa corrí hacia la caja del supermercado a pagar por la fiambre y huir.

Pagué, no doné dos pesos para no me acuerdo qué cosa, la agarré a ella en la bolsa y cuando iba saliendo del local, ya triste, me di cuenta que me olvidé de comprar pan para hacerme el sánguche.

Psicotécnico

Hacía tres meses que había cumplido dieciocho años cuando me postulé a mi primer trabajo “oficial”.

Pasé una prueba psicotécnica en la cual me hacían completar secuencias tipo matemáticas, hacer un dibujo y escribir un cuento. No recuerdo muy bien el dibujo y mucho menos me acuerdo de las secuencias, pero hoy recordé de nuevo el cuento. Cada tanto lo vuelvo a recordar, y casi siempre creo que lo recuerdo igual. La consigna era escribir un cuento con moraleja.

Les voy a contar el primer cuento que se me vino a la mente cuando me pusieron la hoja en blanco adelante, este cuento lo había leído unas semanas antes de postularme al puesto de trabajo. Mejor dicho, les voy a contar el recuerdo que tengo yo de aquel cuento que conté en esa, mi primer entrevista laboral.

Un día, un pibe joven, yo siempre lo imagino de 16 años, no sé por qué, pero siempre lo imagino de esa edad. Resulta que este muchacho tenía que comprarle algo a un amigo por su cumpleaños. Como a una cuadra de su casa había un lugar donde vendían discos de música. Allá fue él, a comprarle un disco de regalo de cumpleaños a su amigo.

Cuando entra al local, busca un disco, pispea entre varios y luego se termina llevando Appetite for Destruction de Guns n’ Roses, no sé por qué, pero siempre me imagino que se lleva ese disco. Cuando va a la caja lo atiende la hija del dueño, una muchacha de diecisiete años. Por lo general imagino que se llama Mariana, su nombre siempre tiene tres sílabas, pero ella nunca es de Leo.

Cuando él la ve a ella, siente que el esternón le presiona los pulmones y esto le hace largar aire cual suspiro, se le aprieta un cacho el estómago y sus movimientos con los brazos al poner el disco sobre la mesa se vuelven lentisimos. Tratando de no mirarla a los ojos, fija su vista justo en el medio de las cejas, ese truco se lo había enseñado su profesora de inglés para dar los exámenes orales, le decía que a veces al ver a los ojos a la gente nos ponemos más nerviosos. Pero igual se le escapa la vista y la termina mirando a los ojos. El esternón le presiona más fuerte los pulmones, el estómago se le aprieta un poco más y le parece que el corazón le va como pedo.

La chica le pregunta si lo envuelve para regalo, y él responde que sí con la voz un poquito más aguda de lo normal. Ella escribe algo en un papel en el mostrador del fondo, envuelve el disco para regalo, se lo cobra y él se va. Al salir de la tienda decide quedarse con ese disco y regalarle un libro al amigo. Vuelve a la casa, entra en su habitación y guarda el disco en el ropero.

El ropero siempre me lo imagino de madera pintada de azul, de esos que van incrustados en la pared. Un ropero hondo con cajones llenos de recuerdos, no sé por qué, pero siempre lo imagino de puertas azules.

A él le gustó mucho ella, entonces comenzó a ir a comprar un disco todas las semanas, siempre y absolutamente siempre lo pedía envuelto para regalo. Yo siempre imagino que el papel de regalo es tipo escoces verde con líneas doradas, no sé por qué, pero siempre lo imagino verde.

Un día el pibe va al local y no está ella. Ese día solo mira los discos pero no compra ninguno. Al otro día vuelve y tampoco está ella. Al tercer día, junta valor y pregunta. El empleado nuevo le dice que la chica falleció. Le cuenta qué fue lo que pasó, pero él no escucha nada, sus pensamientos y emociones pasan a tener más prioridad que el input auditivo. Sale corriendo con una puntada en el pecho hacia su casa. Siempre imagino que sube escaleras, entra al cuarto, cierra la puerta y abre el ropero.

Del ropero saca dieciocho discos, todos envueltos en papel de regalo verde con líneas doradas. Rompe todos los envoltorios y encuentra 18 cartas en las cuales, ella siempre le dice su nombre, le da el número de teléfono del local y le pregunta si le gustaría ir a tomar unos mates a la rambla algún día. No sé por qué, pero siempre imagino que lo invita a la rambla.

En la entrevista con el psicólogo, el loco me pregunta si me identificaba con el personaje del cuento. Nervioso y sin atinar a mentir, le dije que sí, pero yo jamás, siquiera me lo había planteado. La verdad era que sí, me identificaba con el pibe del cuento y a partir de ese momento, a partir de ese instante, a partir de esa pregunta, yo lucho contra el cagón que habita en mí.

Después me dijeron que era más joven que todos los que trabajaban en ese puesto, que era exigente, que trabajar y estudiar era complicado. Yo contesté diciendo que, “como dice mi viejo, si otros pueden, yo también voy a poder”. A la semana, cuando estaba en la casa de mi amigo Daniel, me llamaron para decirme que arrancaba a laburar el Lunes siguiente. No sé por qué, pero cuando lo recuerdo, yo siempre imagino que recibo la noticia estando en la casa de Daniel.